Casas de acogida, la experiencia de Olaya


 

Selvina (1)

Desde hace algunos meses soy casa de acogida y no puedo estar más contenta por haberme decidido a dar el paso. Lo que nos suele echar para atrás es el vínculo que inevitablemente se establece con el acogido: tú le quieres, ves que él te quiere y temes no ser capaz de dejarle marchar. Todos conocemos a gente que acabó por adoptar a su acogido… yo misma acogí a dos gatinas hace dos años y a los dos días, enamorada por completo de ellas, las adopté rápidamente. La idea de acoger seguía muy presente en mi cabeza, pero no creía ser capaz de volver a intentarlo. Más tarde llegaron mis dos galgos, Nico y Azul, y una última gatina. Con cinco gatos y dos perros consideré que mi familia estaba ya completa pero… la posibilidad de acoger me seguía rondando por la cabeza. Di el paso. A los pocos días llegaron a mi casa dos cachorros meones y juguetones, se fueron; más tarde compartimos nuestro hogar con una galguina encantadora, se fue; luego otra, y luego otra. Ahora mismo estoy a la espera de una nueva acogida.

Ser casa de acogida es un acto de generosidad absoluta, implica ser una pieza importante del mecanismo de adopción que empieza con aquellos que rescatan a un galgo y que termina con la entrega a su nueva y definitiva familia. Pero humildemente hay que reconocer que el trabajo duro se lo llevan otros: los que los rescatan invirtiendo en ello horas, días, semanas, los que en un primer momento se ocupan de un animal posiblemente enfermo, hambriento y asustado, los que mueven los hilos para ubicarlos en distintos puntos de país, los que gestionan la adopción… todos ellos arañando los minutos a su tiempo libre para ayudar a los galgos. Tú te limitas a alimentar a uno más, a mimar a uno más, a jugar con uno más, y mientras tanto a ir enseñándole las pautas de convivencia con los otros miembros de la familia, a liberarle poco a poco de sus miedos, si fuera el caso, y a comprender su carácter para ayudar a encontrar para él el hogar perfecto.

Hay que tener muy claro cuál es tu papel: normalmente llegan a ti galgos que han sido rescatados de la calle o que han vivido en un refugio y ahora deben aprender a vivir en una casa, respetar unas normas, pasear con correa, hacer sus cositas fuera… Cuando el pequeño ya está preparado se va, viene otro y vuelta a empezar. Debo decir que por el momento todo ha ido rodado, ya que a una casa de acogida que todavía está en prácticas no se le entrega un galgo que arrastre tras de sí muchos problemas… por el momento eso se lo dejamos a las casas más veteranas. No obstante, sabes que cuentas con el respaldo de una asociación y de mucha gente que no te dejará sola si surge algún contratiempo.

Cuando decidí ser casa de acogida, lo primero y más importante, la clave del éxito, desde mi punto de vista, fue mentalizarme. Estar muy segura de lo que iba a hacer. En mi caso particular, decidí que tras acabar una mudanza daría el paso. Fui abriendo cajas, colocando mis trastos… cada objeto que colocaba en su sitio me acercaba un poco más a mi primer acogido. Tras un mes, mis perros y mis gatos ya se habían hecho a su nuevo espacio y yo ya estaba preparada para dar el salto.

Y así fueron llegando mis primeros cinco acogidos, y fueron encontrando un hogar… No cabe duda de que la parte más difícil es dejarles marchar, y el momento de la despedida se hace un poco cuesta arriba, aunque lo intentes ocultar. Yo siempre tengo muy presente de dónde vienen Nico y Azul. Cada uno de su respectiva asociación, ambos pasaron por sendos hogares antes de llegar a mí, y a esas personas que les abrieron sus puertas y que me consta lo mucho que los cuidaron, les estoy eternamente agradecida y me une a ellos una sincera amistad. Si ellos pudieron, yo también puedo, y si yo puedo, ¡tú también puedes!

A día de hoy sigo manteniendo el contacto con mis pequeños acogidos gracias a las redes sociales y a los paseos mensuales que Galgoastur organiza. Y esa pena fugaz que te invade cuando les dices adiós, se compensa con creces cuando los vuelves a acariciar, cuando ves una foto suya en internet, o cuando sus papis te cuentan sus anécdotas y sus travesurillas, y los ves felices y viviendo su vida. Yo vivo la mía, que es ser casa de acogida, y me llevo mucho más de lo que doy. Ser casa de acogida es solo una pieza más del mecanismo que empieza con el rescate de un galgo y que termina con su adopción, pero una pieza cargada de sentimientos. Si alguna vez te lo has planteado, que no te frene la tristeza de dejarles partir. La pena se irá, pero la alegría de saberlos felices te durará toda la vida y, con la satisfacción de recibir en tu hogar a un nuevo acogido, esa penilla se borra por completo. Dicen por ahí del amor que, cuanto más das, más tienes.

 

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